«Queridos militares: Vuestra vocación de servicio merece hoy un reconocimiento especial. La sociedad suele contemplar el resultado visible de vuestro trabajo, pero muchas veces desconoce el sacrificio cotidiano que existe detrás.«
Esta frase la pronunció nuestros socio y Pater, Cesar Magaña, durante la homilía que nos dirigió a todos los asistentes a la celebración de la Santa Misa, que tuvo lugar en la capilla del Acuartelamiento de Aizoain, sede del Regimiento «América-66», justo antes del acto militar.
Esta frase me rondó la cabeza durante toda la mañana del acto, que por cierto se desarrolló con gran brillantez y con una numerosa asistencia de público y de veteranos, siendo los de nuestra Asociación los más numerosos, como es lógico y natural.
El acto fue presidido por el Coronel de Infantería, Jefe Accidental del Mando de Tropas de Montaña, Francisco de Asís Iranzo, al que agradecemos las atenciones recibidas como asociación de veteranos y a todo su personal, tanto de su Cuartel General, como del Regimiento «América-66», que nos acogieron con los brazos abiertos y nos dieron una nuevas oportunidad de compartir vivencias y experiencias con los actuales componentes de las Unidades de Montaña.
Tras el acto militar, en el que pudimos desfilar en el escalón motorizado en un vehículo Aníbal, asistimos al vino de honor, para posteriormente reunirnos a comer en el Club Militar de la Ciudadela de Pamplona los casi 60 miembros de la Asociación que desde diferentes puntos de la geografía española nos desplazamos a Pamplona para celebrar este destacado día.
Durante la comida pedí a Cesar que me entregara una copia de su homilía, que seguía rondándome la cabeza, para poder compartirla con todos aquellos que por el motivo que fuera no pudieron acompañarnos en el DUM de este año. Homilía que copio a continuación, tal y como le dije al Pater.
El próximo año, si no surgen imponderables, nos veremos en Jaca, a cuya celebración ánimo ya a asistir a todos los que quieran disfrutar de una entrañable jornada y de un emotivo acto militar.
Pamplona, Dia de las Unidades de Montaña
Queridos hermanos: Excmo. Sr. General, autoridades civiles y militares, mandos, Suboficiales, tropa, reservistas, veteranos, familiares y amigos:
Celebramos hoy la Eucaristía en el Día de las Unidades de Montaña. Y no es casualidad que nos reunamos precisamente ante el altar. Porque, aunque la montaña se conquista con preparación, esfuerzo y espíritu de sacrificio, la vida humana necesita algo más que fuerza física. Necesita sentido. Necesita una brújula interior. Necesita una cumbre que merezca verdaderamente la pena.
La montaña ha sido siempre un lugar privilegiado para encontrarse con Dios. En la Sagrada Escritura, los grandes momentos de la historia de la salvación suceden muchas veces en lo alto de un monte. Allí recibe Moisés la Ley: allí escucha Elías la voz suave de Dios; allí Jesús se transfigura ante sus discípulos: allí culmina su entrega en la Cruz.
La montaña obliga a levantar la mirada. Y eso es precisamente lo que hace la fe: levantar la mirada por encima de lo inmediato, por encima de las dificultades, por encima incluso de nuestras propias limitaciones.
Vosotros, hombres y mujeres de las Unidades de Montaña, conocéis bien el significado de la ascensión. Sabéis que ninguna cumbre se alcanza de golpe. Sabéis que detrás de cada objetivo hay horas de preparación, de entrenamiento, de sacrificio silencioso. Sabéis que la montaña no admite Improvisaciones ni vanidades. Y eso mismo ocurre en la vida cristiana.
La santidad no es una carrera de velocidad. Es una larga marcha. Es un avance Constante, a veces lento, a veces fatigoso, pero siempre orientado hacia una meta. En el ámbito militar hablamos con frecuencia de misión.
Un militar sabe que la misión está por encima de la comodidad personal. Sabe que hay momentos en los que es necesario Soportar el frio, el cansancio, la incertidumbre o el riesgo. Porque existe un bien mayor que justifica el esfuerzo.
También el cristiano vive en misión. Nuestra misión no consiste en conquistar territorios, sino en conquistar el propio corazón para Dios. No consiste en imponernos a los demás, sino en servir. No consiste en buscar el éxito personal, sino en construir el bien común.
Y precisamente por eso existe una profunda afinidad entre muchos valores militares y el Evangelio.
La lealtad. La disciplina. La capacidad de sacrificio. La obediencia entendida como servicio a una causa superior. La fortaleza en la adversidad. La protección del débil. La entrega por los compañeros.
Todo ello encuentra una resonancia profunda en la enseñanza de Cristo. Porque Jesús tambien habló de fidelidad. También habló de vigilancia. También habló de perseverancia. También habló de dar la vida por los amigos.
Quizá uno de los rasgos más hermosos de las tropas de montaña sea el espíritu de compañerismo. En la montaña nadie avanza solo. El que queda rezagado es ayudado. El que tropieza es levantado. El que se encuentra en dificultad sabe que puede confiar en los demás. La cuerda que une a los montañeros es mucho más que un elemento técnico: es un símbolo de solidaridad y de confianza mutua.
Y qué hermosa imagen para la vida cristiana. La lglesia también es una cordada. Nadie se salva solo. Nadie llega solo. Nadie puede decir: «No necesito a los demás». Todos dependemos unos de otros. Necesitamos la ayuda de la familia. Necesitamos la amistad. Necesitamos la comunidad. Necesitamos la gracia de Dios.
Vivimos tiempos en los que muchas personas experimentan soledad, incertidumbre y desorientación. Por eso el testimonio de quienes saben trabajar unidos tiene un valor extraordinario. Otro aspecto propio de las unidades de montaña es la capacidad de actuar en condiciones difíciles. Frio, nieve, niebla, terreno abrupto. aislamiento.
Precisamente cuando las circunstancias se vuelven más exigentes es cuando aparecen los verdaderos valores.
También la vida presenta momentos de niebla. Hay nieblas morales. Hay nieblas familiares. Hay nieblas profesionales. Hay nieblas espirituales.
Momentos en los que no vemos claramente el camino.
Momentos en los que surgen preguntas para las que no encontramos respuesta inmediata.
Momentos en los que el sufrimiento parece ocultar el horizonte.
En esas situaciones el Evangelio nos recuerda que Cristo camina con nosotros.
No elimina mágicamente las dificultades, pero nos acompaña en ellas.
No siempre cambia las circunstancias. pero sí fortalece el corazón.
No siempre despeja inmediatamente la niebla, pero nos ofrece la orientación necesaria para seguir avanzando.
Queridos militares: Vuestra vocación de servicio merece hoy un reconocimiento especial. La sociedad suele contemplar el resultado visible de vuestro trabajo, pero muchas veces desconoce el sacrificio cotidiano que existe detrás. Desconoce las ausencias. Las guardias. Los ejercicios. Las maniobras. Los despliegues. Las renuncias familiares. La disponibilidad permanente.
Y, sin embargo, gran parte de la seguridad y estabilidad de una nación descansa sobre hombres y mujeres que aceptan servir incluso cuando ello supone incomodidad o riesgo.
Por eso hoy damos gracias a Dios por todos vosotros.
Por quienes actualmente estáis en activo.
Por quienes habéis servido durante años y ahora sois veteranos.
Por quienes os encontráis desplegados lejos de casa.
Por quienes ya han partido a la Casa del Padre después de una vida de servicio.
Y permitidme una palabra para las familias. Ningún militar sirve solo. Detrás de cada uniforme hay una familia que comparte sacrificios, preocupaciones y esperanzas. Esposas y esposos. Padres. Madres. Hijos. También ellos forman parte de esa misión silenciosa que sostiene el servicio de nuestras Fuerzas Armadas.
Que nunca les falte nuestro reconocimiento y nuestra gratitud. Finalmente, hermanos, la montaña nos enseña una última lección. Cuando uno alcanza una cumbre descubre algo sorprendente: que siempre existe otra más alta.
Lo mismo ocurre en la vida espiritual. Siempre podemos amar más. Servir mejor. Ser más generosos. Ser más fieles. La verdadera cumbre no es un lugar geográfico. La verdadera cumbre es Cristo.
Él es nuestra referencia permanente. Nuestro punto de orientación. Nuestro guía seguro.
Y así como el montañero consulta constantemente el mapa y la brújula para no perderse, también nosotros necesitamos mirar continuamente el Evangelio para no desviarnos del camino.
Pidamos hoy la intercesión de la Virgen María, tan venerada por nuestros soldados, para que proteja a todas las Unidades de Montaña, a sus Mandos y componentes, a sus familias y a cuantos sirven a España.
Que Ella nos enseñe a avanzar con firmeza en la misión que Dios ha confiado a cada uno.
Y que, cuando termine nuestra marcha por este mundo, podamos alcanzar la cumbre definitiva, donde el Señor nos espera y donde ya no habrá fatiga, ni frío, ni noche, sino la alegría plena de su presencia.
¡Amen!
