NECROLÓGICA D. MARIANO RAMÓN GIL

Yo lo vi llorar.

Paseaba yo hacia la salida de Huesca, por el puente de San Miguel y, como siempre, eché una mirada a la estatua que, en su día, el Gobierno Militar regaló a la ciudad, el mulo de montaña. Estaba llorando. Sí; ¡yo lo vi llorando! De sus ojos caían unos regueros que mojaban su alargada cara. No había ninguna nube. El cielo, de una primavera naciente, estaba raso. ¡El mulo estaba llorando!

Era el mulo que a mitades del siglo pasado había yo conocido, al que los conductores, soldados de reemplazo, de origen labrador, despedían llorando al licenciarse. Al que obsequiaban con parte de sus bocadillos. Al que, a veces, también hacían enfadar y pegaba coces. El mismo del que ya a finales del siglo XX no encontraba quien lo cuidara y mimara porque el soldado del campo elegido por sus superiores como mozo de cuadra replicaba a su supetior –“mire usted, es que en mi casa tenemos tractores; yo no he visto un bicho de estos en mi vida”-. Pero seguía siendo en mi recuerdo y en el de los compañeros de mi edad, aquel mulo que llevaba nuestro suministro; que se cayó por aquella ladera de pendiente casi vertical; que llevaba en sus artolas al soldado lesionado o herido; el que moría por agotamiento en el suministro diario a los refugios de montaña.

Cuando llegué a casa y ojeé la prensa, como un ramalazo de luz se encendió en mi cerebro. Estaba claro: allí estaba la respuesta. A la altura de su pedestal, del pedestal del mulo de montaña, había llegado la noticia: su amigo, el que mejor lo entendía; el que lo llevaba a las escuelas para que los niños conocieran el instrumento vivo con el que sus abuelos trabajaron la tierra, ayudando a levantar España, encabezaba la reseña de una esquela de defunción.

¡Mariano Ramón Gil, había muerto! A los 96 años. Mariano Ramón Gil, el muchacho, alférez veterinario en el ejército de los años cincuenta del siglo pasado; el que durante toda su vida le había colmado de cuidados; el que no le había abandonado aun después de su desaparición en un mundo que da por inútil lo que ya no produce.

Mariano había sido el promotor de la idea de resucitar la fiesta de San Andrés, día en el que antaño los mulos abarrotaban la plaza de Santa Clara de Huesca, donde, en un mercado de animales, se cotizaban a un alto precio y eran estimados, mimados y también explotados por labradores ricos y pobres. Y propuso igualmente dedicar un día al “mulo de Montaña”, el que fuera inseparable del soldado, proponiendo a la Asociación Española de Soldados Veteranos de Montaña, la celebración de ese día. Propuesta que fue bien acogida, con sentido de colaboración por Ejército, Ayuntamiento y el Colegio de Veterinarios de Huesca. Y fue Mariano el que con su fuerza y razón supo un día traer a un grupo de alpinos italianos a visitar al mulo en Huesca.

Y añorando a Mariano recordé también alguna anécdota sobre la desaparición del mulo, en las que yo estuve implicado, ya como coronel de Infantería. Fue durante una reunión mantenida en la Academia en Toledo, de un Grupo de Investigación Militar Operativa con un presidente holandés. Al contemplar éste un cuadro colgado en la pared que representaba a un mulo con las patas colgando, pasando un teleférico, me preguntó:

Y España ¿Todavía tiene mulos?
Sí, todavía –respondí.
¿Y los helicópteros? –Insistió con cierto deje de ironía o conmiseración.
Sí, -le contesté- también tenemos helicópteros, pero imagínate un puesto de observación en un picacho de nuestro Pirineo, durante una semana de nieblas persistentes, ¿Quién suministra, quién da de comer a los que están cumpliendo su misión?

Otra vez, me acompañaba Mariano Ramón, en los Alpes, quedamos intrigados al observar en el valle unos semovientes que intentaban ascender hacia el collado en el que contemplábamos unos ejercicios de los soldados de montaña alemanes. Al llegar a nuestra altura vimos complacidos cómo portaban para su distribución entre nosotros unos termos con reconfortante café. ¡Y nosotros, en España, ya habíamos despachado a nuestros mulos!

Y sí, el mulo, el solitario mulo, el amigo de Mariano, eternamente condenado a subir la pendiente de su monumento, junto al puente de San Miguel, estaba llorando.

Félix Generelo Gil (Socio SD Huesca)

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